Na outra banda


Na outra banda dixéronme
os vellos vanse convertindo en arbres
vellos tamén sin follas na cara do sol
agardando sin saber o qué
mudos.

Pro súpetamente un arbre calisquer
sinte rubir dentro del a seiva dun soño
beira da morte xa pro aínda morno como o leite da nai.

O soño vai rubindo polas veas do arbre
unha vida enteira que pasa
Ata facerse paxaro nunha ponla
Un paxaro que recorda, canta e vaise
denantes de que todos os arbres morran.

Si eu me fago arbre vello na outra banda do río
e me toca ser arbre que recorda e soña
ben segura podes estar de que soñarei contigo
cos teus ollos grises como a alba
e coa túa sorrisa
coa que se vestiron os beizos das roseiras
nos días máis felices.

Herba aquí e acolá
Álvaro Cunqueiro

Volúpia


No divino impudor da mocidade,
Nesse êxtase pagão que vence a sorte,
Num frémito vibrante de ansiedade,
Dou-te o meu corpo prometido à morte!

A sombra entre a mentira e a verdade…
A núvem que arrastou o vento norte…
— Meu corpo! Trago nele um vinho forte:
Meus beijos de volúpia e de maldade!

Trago dálias vermelhas no regaço…
São os dedos do sol quando te abraço,
Cravados no teu peito como lanças!

E do meu corpo os leves arabescos
Vão-te envolvendo em círculos dantescos
Felinamente, em voluptuosas danças…

Florbela Espanca 

Soedades da miña branca Señor


Escóitasme así, miña señor amada, cando do peito o meu trobo arde,
ou atrás de ti a sombra do meu soño
loucamente á túa abreixa e bica?

Ouh doce o peso do teu corpo no meu maxín deitado!
Neste río do meu vagar sin fin,
qué incendiado navío non navegas na noite?

―Por que este corazón tanta frol murcha,
por que non é mortal de tanto lume a cinza,
por que inda son eu de tanta verba a boca?

Miña branca señor, corpo delgado:
este bosque é do tempo da máis recente lúa,
i ese malvís que tanto áer enfrauta
cada día que amence renasce e asubía.
Amante, no meu vaso aínda canta a sede.

Esa lúa nevada, amor, que do teu corpo
medra coa noite sober dos cumes dos meus ollos!
Deixa que rose, ao arrimo das cerdeiras,
nas illas dos teus ollos a i-alba rumorosa
Adormece ao meu carón, namentras quebra o día
baixo un teito de alaudas, tímidas cantadoras.

―Ese sono que por dedentro escorre
e pouco a pouco amósase ao meu rostro!
Fai falla, quezais, un cabalo roxo
ou unha aza mortal e fría pra brincar fora desta lingua de
lume?

Álvaro Cunqueiro,
Dona de corpo delgado (1950)

En la ardiente oscuridad


Fragmentos de la obra de teatro En la ardiente oscuridad (1950) de Antonio Buero Vallejo. Todos los fragmentos pertenecen a parlamentos de Ignacio.

[…]

¡No! Ellas también estaban comprometidas… como tú. Daban el consejo estúpido que la estúpida alegría amorosa os pone a todas en la boca. Es… como una falsa xenerosidade Todas decís: ¿Por qué no te echas novia?” Pero ninguna, con la inefable emoción del amor en la voz, ha dicho. “Te quiero.” (Furioso). Ni tú tampoco, ¿no es así? ¿O acaso lo dices? (Pausa). No necesito una novia. ¡Necesito un “te quiero” dicho con toda el alma! “Te quiero con tu tristeza y tu angustia; para sufrir contigo y no para llevarte a ningún falso reino de la alegría.” No hay mujeres así.

[…]

Al diablo todas y tú de capitana. Quédate con tu alegría; con tu Carlos, muy bueno y muy sabio… y completamente tonto, porque se cree alegre. Y como él, Miguelín, y don Pablo, y todos; ¡todos! Que no tenéis derecho a vivir, porque os empeñáis en no sufrir; porque os negáis a enfrentaros con vuestra tragedia, fingiendo una normalidad que no existe, procurando olvidar e incluso aconsejando duchas de alegría para reanimar a los tristes… (Movimiento de JUANA). ¡Crees que no lo sé! Lo adivino. Tu don Pablo tuvo la candidez de insinuárselo a mi padre, y éste os lo pidió descaradamente… (Sarcástico). Vosotros sois los alumnos modelo, los leales colaboradores del profesorado en la lucha contra la desesperación, que se agazapa por todos los rincones de la casa. (Pausa). ¡Ciegos! ¡Ciegos y no invidentes! ¡Imbéciles!

[…]

JUANA.– (Con las manos juntas, alterada). No te vayas. Soy muy torpe, lo comprendo… Tú aciertas a darme la sensación de mi impotencia… Si te vas, todos sabrían que hablé contigo y no conseguí nada. ¡Quédate!

IGNACIO.– ¡Vanidosa!

JUANA.– (Condolida). No es vanidad, Ignacio. (Triste). Quieres que te lo pida de rodillas? (Breve pausa).

IGNACIO.– (Muy frío). ¿Para qué de rodillas? Dicen que ese gesto causa mucha impresión a los videntes… Pero nosotros no lo vemos. No seas tonta; no hables de cosas que desconoces, no imites a los que viven de verdad. ¡Y ahórrame tu desagradable debilidad, por favor! (Gran pausa). Me quedo.

JUANA.– ¡Gracias!

IGNACIO.– ¿Gracias? Hacéis mal negocio. Porque vosotros sois demasiado pacíficos, demasiado insinceros, demasiado fríos. Pero yo estoy ardiendo por dentro; ardiendo con un fuego terrible que no me deja vivir y que puede haceros arder a todos… Ardiendo en esto que los videntes llaman oscuridad y que es horroroso…, porque no sabemos lo que es. Yo voy a traer guerra y no paz.

JUANA.– No hables así. Me duele. Lo esencial es que te quedes. Estoy segura de que será bueno para todos.

IGNACIO.– (Burlón). Torpe… y tonta. Tu opinión y tu ceguera son iguales… La guerra que me consume os consumirá.

JUANA.– (Nuevamente afligida). No, Ignacio. No debes traernos ninguna guerra. ¿No será posible que todos vivamos en paz? No te comprendo bien. ¿Por qué sufres tanto? ¿Qué te pasa? ¿Qué es lo que quieres? (Breve pausa).

IGNACIO. – (Con tremenda energía contenida). ¡Ver!

JUANA.– (Se separa de él y queda sobrecogida). ¿Qué?

IGNACIO.– ¡Sí! ¡Ver! Aunque sé que es imposible, ¡ver! Aunque en este deseo se consuma estérilmente mi vida entera, ¡quiero ver! No puedo conformarme. No debemos conformarnos. ¡Y menos sonreír! Y resignarse con vuestra estúpida alegría de ciegos, ¡nunca! (Pausa). Y aunque no haya mujer ninguna de corazón que sea capaz de acompañarme en mi calvario, marcharé sólo, negándome a vivir resignado, ¡porque quiero ver!

Acto 1