En la ardiente oscuridad


Fragmentos de la obra de teatro En la ardiente oscuridad (1950) de Antonio Buero Vallejo. Todos los fragmentos pertenecen a parlamentos de Ignacio.

[…]

¡No! Ellas también estaban comprometidas… como tú. Daban el consejo estúpido que la estúpida alegría amorosa os pone a todas en la boca. Es… como una falsa xenerosidade Todas decís: ¿Por qué no te echas novia?” Pero ninguna, con la inefable emoción del amor en la voz, ha dicho. “Te quiero.” (Furioso). Ni tú tampoco, ¿no es así? ¿O acaso lo dices? (Pausa). No necesito una novia. ¡Necesito un “te quiero” dicho con toda el alma! “Te quiero con tu tristeza y tu angustia; para sufrir contigo y no para llevarte a ningún falso reino de la alegría.” No hay mujeres así.

[…]

Al diablo todas y tú de capitana. Quédate con tu alegría; con tu Carlos, muy bueno y muy sabio… y completamente tonto, porque se cree alegre. Y como él, Miguelín, y don Pablo, y todos; ¡todos! Que no tenéis derecho a vivir, porque os empeñáis en no sufrir; porque os negáis a enfrentaros con vuestra tragedia, fingiendo una normalidad que no existe, procurando olvidar e incluso aconsejando duchas de alegría para reanimar a los tristes… (Movimiento de JUANA). ¡Crees que no lo sé! Lo adivino. Tu don Pablo tuvo la candidez de insinuárselo a mi padre, y éste os lo pidió descaradamente… (Sarcástico). Vosotros sois los alumnos modelo, los leales colaboradores del profesorado en la lucha contra la desesperación, que se agazapa por todos los rincones de la casa. (Pausa). ¡Ciegos! ¡Ciegos y no invidentes! ¡Imbéciles!

[…]

JUANA.– (Con las manos juntas, alterada). No te vayas. Soy muy torpe, lo comprendo… Tú aciertas a darme la sensación de mi impotencia… Si te vas, todos sabrían que hablé contigo y no conseguí nada. ¡Quédate!

IGNACIO.– ¡Vanidosa!

JUANA.– (Condolida). No es vanidad, Ignacio. (Triste). Quieres que te lo pida de rodillas? (Breve pausa).

IGNACIO.– (Muy frío). ¿Para qué de rodillas? Dicen que ese gesto causa mucha impresión a los videntes… Pero nosotros no lo vemos. No seas tonta; no hables de cosas que desconoces, no imites a los que viven de verdad. ¡Y ahórrame tu desagradable debilidad, por favor! (Gran pausa). Me quedo.

JUANA.– ¡Gracias!

IGNACIO.– ¿Gracias? Hacéis mal negocio. Porque vosotros sois demasiado pacíficos, demasiado insinceros, demasiado fríos. Pero yo estoy ardiendo por dentro; ardiendo con un fuego terrible que no me deja vivir y que puede haceros arder a todos… Ardiendo en esto que los videntes llaman oscuridad y que es horroroso…, porque no sabemos lo que es. Yo voy a traer guerra y no paz.

JUANA.– No hables así. Me duele. Lo esencial es que te quedes. Estoy segura de que será bueno para todos.

IGNACIO.– (Burlón). Torpe… y tonta. Tu opinión y tu ceguera son iguales… La guerra que me consume os consumirá.

JUANA.– (Nuevamente afligida). No, Ignacio. No debes traernos ninguna guerra. ¿No será posible que todos vivamos en paz? No te comprendo bien. ¿Por qué sufres tanto? ¿Qué te pasa? ¿Qué es lo que quieres? (Breve pausa).

IGNACIO. – (Con tremenda energía contenida). ¡Ver!

JUANA.– (Se separa de él y queda sobrecogida). ¿Qué?

IGNACIO.– ¡Sí! ¡Ver! Aunque sé que es imposible, ¡ver! Aunque en este deseo se consuma estérilmente mi vida entera, ¡quiero ver! No puedo conformarme. No debemos conformarnos. ¡Y menos sonreír! Y resignarse con vuestra estúpida alegría de ciegos, ¡nunca! (Pausa). Y aunque no haya mujer ninguna de corazón que sea capaz de acompañarme en mi calvario, marcharé sólo, negándome a vivir resignado, ¡porque quiero ver!

Acto 1

“…Y una tentación celestial”


Un capítulo del Don Juan escrito por Azorín y publicado en 1922. (Copia en Scribd)

XXX
…Y UNA TENTACIÓN CELESTIAL

—¿Ha visto usted el patio de San Pablo? le ha preguntado el maestre a don Juan. Y como don Juan contestara negativamente, don Gonzalo ha añadido:

—Le avisaré a Natividad, y mañana iremos a verlo.

Han ido al día siguiente al convenio de San Pablo. En el saloncito, de muebles rojos, se yerguen, frescos y pomposos, los ramos sobre la consola. Un leve olor de incienso llega del interior de la casa. El patio está en silencio. Se descubre un cuadro de flores en el centro. Hasta la galería trepa el tupido paramento de los jazmineros, cuajados de olorosas florecitas blancas. Entolda el patio el cielo azul. Los visitantes caminan despacio. Entre los floridos arbustos está sor Natividad. Tiene en una mano un cestito, y en la otra, unas tijeras. Como sutil y transparente randa, en torno do los arcos y en los capiteles de las columnas, se halla labrada la piedra. Sor Natividad va cortando, con gesto lento, las flores del jardín. No se ha estremecido al ver entrar a los visitantes; pero en su faz se ha dibujado leve sonrisa. De cuando en cuando, sor Natividad se inclina o se ladea para coger una flor: bajo la blanca estameña se marca la curva elegante de la cadera, se acusa la rotundidad armoniosa del seno… A1 avanzar un paso, la larga túnica se ha prendido entre el ramaje. A1 descubierto han quedado las piernas. Ceñida por fina seda blanca, se veía iniciarse desde el tobillo el ensanche de la graciosa curva carnosa y llena. ¿Se ha dado cuenta de ello sor Natividad? Ha transcurrido un momento. Al cabo, con un movimiento tranquilo de la mano, sor Natividad ha bajado la túnica.

—Mire usted —ha dicho don Gonzalo, señalando con el bastón la tracería de los arcos—, mire usted qué bella tracería.

Don Juan y sor Natividad han mirado a lo alto. Con la cara hacia el cielo, luminosos los ojos, tenía sor Natividad el gesto amoroso y sonriente de quien espera o va a ofrendar un ósculo.

—Hermosa —ha contestado don Juan, contemplando la delicada tracería de piedra.

Y luego, lentamente, bajando la vista y posándola en los ojos de sor Natividad:

—Verdaderamente… hermosa.

Dos rosas, tan rojas como las rosas del jardín, han surgido en la cara de sor Natividad. Ha tosido nerviosamente sor Natividad y se ha inclinado sobre un rosal.

“Una terrible tentación…”


Un capítulo del Don Juan escrito por Azorín y publicado en 1922. (Copia en Scribd)

XXIX
UNA TERRIBLE TENTACIÓN…

Dieciocho primaveras ha visto ya Jeannette. Las ha visto con unos ojos anchos y negros. Anchos y negros en una faz de un ambarino casi imperceptible, formada en óvalo suave, picarescamente agudo en el mentón. Una pinceladita de vivo carmín marca los labios. La negrura intensa del pelo aviva lo rojo de la boca. Jeannette entra en un salón, en una tienda, en el teatro: sonríe con leve sonrisa equívoca; su mirada va de una parte a otra, vagamente; en sus ojos brilla la luz que luce en los ojuelos de una fierecilla sorprendida. La mirada quiere demostrar confianza, y dice recelo; quiere mostrar inocencia, y descubre malicia… Ha pasado un minuto. La mirada de la fierecilla ha cambiado. Jeannette está ya segura de sí misma. Domine ya a su interlocutor. Ahora la risa es francamente sarcástica. De tarde en tarde, Jeannette, al igual de una domadora intrépida, hace con la cabeza un gesto instantáneo, enérgico, como queriendo, ante los espectadores del circo, esparcir al aire la cabellera espléndida. Y recuerdan e1 circo todos sus movimientos: vivos, prestos, en que el cuerpo se escabulle, se doblega, se tuerce en ángulos, y curvas que hacen pensar en una masa de goma sólida y flexible, sedosa y tibia.

Jeannette corre y salta por la casa; arregla y desarregla los muebles; canta, se detiene de pronto. Se detiene frente a un ancho espejo. Calla un momento, pensativa. Avanza un poco el busto y se contempla la línea ondulante —deliciosamente ondulante— del torso. Da dos pasos erguida. Sé levanta luego la falda hasta la rodilla y permanece absorta ante la pierna sólida, llena, de un contorno elegante, ceñida por la tersa y transparente seda. El pie —encerrado en brillante charol—se posa firme en el suelo. Las piernas mantienen el cuerpo esbelto, enhiesto, con una carnosa y sólida redondez en el busto. De pronto, Jeannette se hace una mueca picarosca a sí misma y echa a correr riendo.

—Oh monsieur le chevalier! —exclama Jeannette ante don Juan.

Le mira en silencio con una mirada fija, penetrante, hace un mohín de fingido espanto y suelta una carcajada. Don Juan calla. Otras veces, Jeannette comienza a charlar volublemente con el caballero, en voz alta, con estrépito; poco a poco va bajando la voz; cada vez se inclina más hacia don Juan; después acaba por decir suavemente, susurrando, una frase inocente, pero con una ligera entonación equívoca. Don Juan calla. Ahora Jeannette pone el libro que está leyendo en manos de don Juan y le dice, con un gesto de inocencia: “Señor caballero, explíqueme usted esta poesía de amor; yo no la entiendo.” Una noche, terminada la tertulia, al dar la vuelta a la casa para marcharse a la suya, don Juan ve que en las callejuelas desiertas se marca el cuadro de luz de una ventana. El salón de damasco rojo está iluminado. La ventana está abierta. Sobre el rojo damasco, a través de la ancha reja, destaca la figure esbelta, ondulante, de Jeannette.

—Au revoir, monsieur! —grita Jeannette al ver pasar al caballero. Y en seguida con voz gangosa:
—Buona sera, don Basilio!

“Las Jerónimas y Don García”


Un capítulo del Don Juan escrito por Azorín y publicado en 1922. (Copia en Scribd)

VII

LAS JERÓNIMAS Y DON GARCÍA

La lucha del obispo don García con las jerónimas del convento de San Pablo fué épica. Toda la ciudad la presenció conmovida. Duró muchos años. En el siglo xv la vida en los convenios de religiosas era placentera y alegre. Las monjas entraban y salían a su talante. No estaba prescrita la clausura. Se celebraban en los conventos fiestas profanas y divertidos saraos. El Concilio de Trento acabó con tal liviandad. El obispo don García se dispuso a proceder severamente. Todas las monjas de la diócesis le obedecieron. Se negaron a sus mandatos las jerónimas del convento de San Pablo. Fueron inútiles imploraciones y amenazas. Pesaba sobre las frágiles monjas la decisión de un Concilio, los mandatos de varios pontífices, la conminación del obispo don García. A todo resistieron. Bonifacio VIII, en su decreto Periculoso, había ordenado la clausura. Pío V, en su extravagante Circa pastoralis, había ordenado la clausura. Gregorio XIII, también en su extravagante Deo sacris, había ordenado la clausura. El obispo don García voceaba colérico en su palacio y daba puñetazos en los brazos de su sillón. A todo resistieron las tercas monjas. De la decisión tridentina se alzaron ante la Congregación de cardenales intérpretes del Concilio. Fueron vencidas. Apelaron entonces al Consejo Real. Del Consejo Real mandaron otra vez, los consejeros, la causa a Roma. Otra vez en Roma fueron vencidas. Llegaron después en súplica hasta el rey. Y fueron vencidas. Las alegaciones, pedimentos, protestas, solicitudes, recursos y memoriales de este pleito forman una balumba inmensa y abrumadora. Alegaban las monjas que “no les puede mandar el obispo la clausura, ni el Concilio, ni el Papa, por no haberla volado ni haberse guardado en sus monasterios antes de agora, ni cuando ellas entraron, y que si se guardara, por ventura no entraran, ni fuera su intención obligarse a ello”.

Así hablaban las monjas de San Pablo en 1579. Fueron vencidas en la lucha; pero de la antigua y libre vida siempre quedó en el convento un rezago de laxitud y profanidad.