Henry & June


Henry & June cuenta la relación entre el escritor americano Henry Miller y la escritora francesa Anaïs Nin, basandose en el libro Henry and June: From the Unexpurgated Diary of Anaïs Nin,  que recoge fragmentos de los diarios no publicados de Anaïs Nin, aunque cronológicamente encajan entre los que ella misma publicó. Todavía no he leído esta obra, por lo que no pudo juzgar la calidad de adaptación.

La película es entretenida, aunque tengo que admitir que yo ya venía interesada de antes, pues he leído algo de Henry Miller. Personalmente, me parece que el trío protagonista, sobre el que recae toda la película, está fantástico; Uma Thurman, quizás por su juvetud, me sorprendió, y Fred Ward interpreta de una forma totalmente verosímil al entusiasta americano. Maria de Medeiros, con una mezcla de tímidez y infantil perversidad, no podría estar más natural.

Lo que más me gusta de este film es cómo representa a los artistas, es decir, veo prefectamente la conexión entre los textos que escribieron estos personajes y su carácter (aunque ficticio, pues no deja de ser una película). Los deseos de Anaïs y su pasión por el baile español; o cómo busca a Miller, porque supone que él entenderá sus fantasías. Creo que la fuerza del Miller narrador de sus novelas también está bien recogida aquí, no solo en sus enfados, sino también en su pasión y su alegría americana, y también su miedo hacia June le define.

Sin duda, es este hecho de introducirse levemente en el espíritu de estos dos peculiares autores la principal atracción de la película. Si no se aprecia la literatura, quizá no sea una cinta muy recomendable.

Fred Ward y Maria de Medeiros caracterizados como Henry Miller y Anaïs Nin.

 

La escena final en que el Miller despechado juguetea(‘goofies around’) en bicicleta tras el coche de Anaïs, recuperando la sonrisa me golpeó como una ola de agua fresca. Pienso que todos los… creadores, todos los “poetas”, tienen una especie de fuerza interior que les empuja hacia la superficie otra vez. Una secreta creencia, una extraña atracción hacia la vida, una esperanza inherente.

 

 

June Miller, segunda esposa del escritor, interpretada por Uma Thurman

Trópico de Cáncer, de Henry Miller


Fragmento tomado del volumen 100 escritores del siglo XX: ámbito internacional (Ariel, Madrid, 2008):

Trópico de Cáncer refleja la visión de un expatriado americano en París sobre multitud de temas, desde la sociedad norteamericana, la economía, la política y la sociedad hasta la literatura, entre los que la sexualidad cobra un papel preponderante. El narrador, una versión ficcionalizada del propio Miller, busca escribir un libro diferente a todo lo escrito anteriormente. Decidido a eliminar del cánon estadounidense a autores como Horacio Alger [autor de Ragged Dick, or Chronicle of Life in the Streets (Ricardito el harapiento, o crónica de la vida en las calles)] -símbolo del capitalismo más rampante y del sueño americano del hombre hecho a sí mismo-, Miller propone un nuevo (des)orden social por el que el individualismo es llevado a un extremo, reivindicando la irracionaidad y la satisfacción hedonista de la experiencia vital en un cierto anarquismo literario.”

Fragmentos de Trópico de Cáncer, Henry Miller:

Primera edición de Trópico de Cáncer (París, 1934)

El artista necesita sentirse solo

Walt Whitman es un comienzo

Eres un gran ser humano

¡Soy inhumano!

 

(Página: Retales literarios )

¡Soy inhumano!


(Página: Retales literarios )

Fragmento de Trópico de Cáncer, de Henry Miller:

“En un tiempo pensaba que ser humano era el objetivo más alto que podía tener un hombre, pero ahora veo que estaba destinado a destruirme. Hoy me siento orgulloso al decir que soy inhumano, que no pertenezco a los hombres ni a los gobiernos, que no tengo nada que ver con credos ni principios. No tengo nada que ver con la maquinaria crujiente de la humanidad: ipertenezco a la tierra! Digo esto con la cabeza reclinada en la almohada y siento los cuernos que me brotan en las sienes. Veo a mi alrededor a todos esos antepasados míos bailando en torno a la cama, consolándome, incitándome, flagelándome con sus lenguas viperinas, sonriéndome y mirándome de reojo con sus siniestras calaveras. ¡Soy inhumano! Lo digo con una sonrisa demente, alucinada, y seguiré diciéndolo aunque lluevan cocodrilos. Tras mis palabras se encuentran todas esas calaveras siniestras que sonríen y miran de reojo, unas muertas y sonriendo hace mucho tiempo, otras sonriendo como si tuvieran trismo, otrassonriendo con la mueca de una sonrisa, el sabor anticipado y las consecuencias de lo que ocurre siempre. Más clara que nada veo mi propia calavera sonriente, veo el esqueleto bailando al viento, serpientes saliendo de la lengua podrida y las ampulosas páginas de éxtasis sucias de excrementos. E incorporo mi lodo, mi excremento, mi locura, mi éxtasis al gran circuito que circula a través de los subterráneos de la carne. Todo ese vómito espontáneo, indeseable, de borracho, seguirá manando sin cesar, a través de las mentes de los que han de venir, a la vasija inagotable que contiene la historia de la raza. Codo a codo con la raza humana corre otra raza de seres, los inhumanos, la raza de los artistas que, estimulados por impulsos desconocidos, toman la masa inerte de la humanidad y, mediante la fiebre y el fermento de que la imbuyen, convierten esa pasta húmeda en pan y el pan en vino y el vino en canción. Con el abono muerto y la escoria inerte producen una canción que se contagia. Veo esa otra raza de individuos saqueando el universo, dejando todo patas arriba, con los pies chapoteando, siempre en sangre y lágrimas, con las manos siempre vacías, siempre tratando de agarrar y asir el más allá, el dios inalcanzable: matando todo lo que está a su alcance para calmar al monstruo que les roe las entrañas. Lo veo cuando se arrancan el cabello en su escuerzo por comprender, por aprehender lo que es eternamente inalcanzable, lo veo cuando braman como bestias enloquecidas y se precipitan dando cornadas, veo que está bien y que no hay otro camino. Un hombre que pertenezca a esa raza ha de subir al lugar más alto y arrancarse las entrañas, mientras pronuncia palabras incoherentes. ¡Está bien y es justo, porque debe hacerlo! Y todo lo que se quede corto con respecto a ese espectáculo espantoso, todo lo que sea menos escalofriante, menos aterrador, menos demencial, menos embriagado, menos contagioso, no es arte. El resto es falso. El resto es humano. El resto corresponde a la vida y a la ausencia de vida.

Cuando pienso en Stavrogin, por ejemplo, pienso en un monstruo divino erguido en un lugar elevado y arrojándonos sus entrañas desgarradas. En Los poseídos la tierra tiembla: no es la catástrofe que sobreviene a un individuo imaginativo, sino un cataclismo en que una gran parte de la humanidad queda sepultada, aniquilada para siempre. Stavrogin era Dostoyevski y Dostoyevski era la suma de todas esas contradicciones que o bien paralizan a un hombre o bien lo conducen a las alturas. Para él no había mundo demasiado bajo como para que no pudiera entrar en él ni lugar tan alto como para que temiese subir a él. Recorrió toda la escala, desde el abismo hasta las estrellas. Es una lástima que no vayamos a tener otra vez la oportunidad de ver a un hombre colocado en el centro mismo del misterio e iluminando para nosotros, con sus relámpagos, la profundidad e inmensidad de las tinieblas.

Hoy tengo conciencia de mi linaje. No necesito consultar mi horóscopo ni mi árbol genealógico. De lo que está escrito en las estrellas, o en mi sangre, no sé nada. Sé que descienda de los fundadores mitológicos de la raza. El hombre que se lleva la botella sagrada a los labios, el criminal que se arrodilla en el mercado, el inocente que descubre que todos los cadáveres apestan, el loco que baila sin ropas, el fraile que se levanta las faldas para mearse en el mundo, el fanático que explora las bibliotecas para encontrar la Palabra: todos ellos están fundidos en mí, todos ellos provocan mi confusión, mi éxtasis. Si soy inhumano es porque mi mundo ha sobrepasado sus límites humanos, porque ser humano parece algo pobre, lastimoso, miserable, limitado por los sentidos, restringido por receptores morales y códigos, definido por trivialidades e ismos. Estoy echándome el jugo de la uva por el gaznate y descubro la sabiduría en él, pero mi sabiduría no procede de la uva, mi embriaguez no debe nada al vino…

Quiero desviarme de estas altas y áridas sierras donde se muere uno de sed y de frío, de esta historia «extratemporal», de este absoluto de tiempo y espacio en que no existen ni hombres, ni animales, ni vegetación, donde se vuelve uno loco por la soledad, por el lenguaje que es sólo palabras, donde todo está desenganchado, desencajado, descompasado en relación con los tiempos. Quiero un mundo de hombres y mujeres, de árboles que no hablen (¡porque ya se habla demasiado en el mundo, tal como es!), de ríos que te lleven a algún lugar, no ríos que sean leyendas, sino ríos que te pongan en contacto con otros hombres y mujeres, con la arquitectura, la religión, las plantas, los animales: ríos que tengan barcos y en los que los hombres se ahoguen, no se ahoguen en el mito y la leyenda y los libros y el polvo del pasado, sino en el tiempo y el espacio y la historia. Quiero ríos que hagan océanos como Shakespeare y Dante, ríos que no se sequen en el vacío del pasado. ¡Océanos, sí! Que haya más océanos, océanos nuevos que borren el pasado, océanos que creen nuevas formaciones geológicas, nuevas perspectivas topográficas y continentes extraños y aterradores, océanos que destruyan y preserven al mismo tiempo, océanos en los que podamos navegar, zarpar hacia nuevos descubrimientos, nuevos horizontes. Que haya más océanos, más cataclismos, más guerras, más holocaustos. Que haya un mundo de hombres y mujeres con dinamos entre las piernas, un mundo de furia natural, de pasión, acción, drama, sueños, locura, un mundo que produzca éxtasis y no pedos secos. Creo que hoy más que nunca hay que procurar conseguir un libro aunque sólo tenga una gran página: hemos de buscar fragmentos, astillas, uñas de los pies, cualquier cosa que tenga mineral dentro, cualquier cosa capaz de resucitar el cuerpo y el alma.

Puede que estemos condenados, que no haya esperanza para nosotros, para ninguno de nosotros, pero, si es así, ¡lancemos un último alarido agónico, espeluznante, un chillido de desafío, un grito de guerra! ¡Al diablo las lamentaciones! ¡Al diablo las elegías y las endechas! ¡Al diablo las biografías y las historias, y las bibliotecas y los museos! Que los muertos se coman a los muertos. Bailemos los vivos en el borde del cráter, una última danza agónica. ¡Pero una danza auténtica!

«Amo todo lo que fluye», dijo el gran Milton ciego de nuestra época. Pensaba en él esta mañana, cuando me he despertado con un gran grito horrible de alegría: pensaba en sus ríos y árboles y en todo ese mundo nocturno que está explorando. Sí, me he dicho, yo también amo todo lo que fluye: ríos, alcantarillas, lava, semen, sángre, bilis, palabras, oraciones. Amo el fluido amniótico, cuando se derrama de la bolsa. Amo el riñón con sus dolorosos cálculos, su arena y qué sé yo; amo la orina que brota caliente y las purgaciones que no cesan; amo las palabras de los histéricos y las oraciones que fluyen como la disentería y reflejan todas las imágenes morbosas del alma; amo los grandes ríos como el Amazonas y el Orinoco, donde locos como Moravagine van flotando a través del sueño y la leyenda en un bote descubierto y se ahogan en la desembocadura invisible del río. Amo todo lo que fluye, hasta el flujo menstrual, que arrastra el semen que no ha fecundado. Amo las escrituras que fluyen, ya sean hieráticas, esotéricas, perversas, polimorfas o unilaterales. Amo todo lo que fluye, todo lo que contiene el tiempo y el porvenir, que nos devuelve al comienzo donde nunca hay fin: la violencia de los profetas, la obscenidad que es éxtasis, la sabiduría del fanático, el sacerdote con su letanía pegajosa, las palabras indecentes de la puta, el escupitajo que va flotando por el arroyo de la calle, la leche del pecho y la amarga miel que mana de la matriz, todo lo fluido, fundente, disoluto y disolvente, todo el pus y la suciedad que al fluir se purifica, que pierde el sentido de su origen, que circula por el gran circuito hacia la muerte y la disolución. El gran deseo incestuoso es el de seguir fluyendo, unido al tiempo, el de fundir la gran imagen del más allá con el aquí y el ahora. Un deseo fatuo, suicida, estreñido por las palabras y paralizado por el pensamiento. “

(pp.120-122): http://es.scribd.com/doc/48236442/Henry-Miller-Tropico-de-Cancer

Otros fragmentos:

El artista necesita sentirse solo

Walt Whitman es un comienzo

Eres un gran ser humano

Eres un gran ser humano


(Página: Retales literarios )

Fragmento de Trópico de Cáncer, de Henry Miller:

“Cuando me asomo a ese coño exhausto de una puta, siento el mundo entero debajo de mí, un mundo que se tambalea y se desmorona, un mundo usado y pulido como el cráneo de un leproso. Si hubiera un hombre que se atreviese a decir todo lo que pensaba de este mundo, no le quedaría ni un metro cuadrado de suelo en que plantar los pies. Cuando aparece un hombre, el mundo cae sobre él y le rompe la espalda. Siempre quedan en pie demasiados pilares podridos, demasiada humanidad infecta como para que el hombre florezca. La superestructura es una mentira y el fundamento un inmenso miedo trémulo. Si a intervalos de siglos aparece efectivamente un hombre con expresión desesperada y ávida en los ojos, un hombre que pondría el mundo patas arriba para crear una nueva raza, el amor que trae al mundo se convierte en cólera y él se vuelve un azote. Si de vez en cuando encontramos páginas que explotan, páginas que hieren y estigmatizan, que arrancan gemidos y lágrimas y maldiciones, sabed que proceden de un hombre arrinconado, un hombre al que las únicas defensas que le quedan son sus palabras y sus palabras son siempre más resistentes que el peso yacente y aplastante del mundo, más resistentes que todos los potros y ruedas de tormento que los cobardes inventan para machacar el milagro de la personalidad. Si algún hombre se atreviera alguna vez a expresar todo lo que lleva en el corazón, a consignar lo que es realmente su experiencia, lo que es verdaderamente su verdad, creo que entonces el mundo se haría añicos, que volaría en pedazos, y ningún dios, ningún accidente, ninguna voluntad podría volver a juntar los trozos, los átomos, los elementos indestructibles que han intervenido en la construcción del mundo.

En los cuatrocientos años transcurridos desde que apareció la última alma devoradora, el último hombre que conoció el significado del éxtasis, ha habido una decadencia constante en el arte, en el pensamiento, en la acción. El mundo está acabado: no queda ni un pedo seco. ¿Quién que tenga ojos desesperados y ávidos puede sentir el menor respeto hacia estos gobiernos, leyes, códigos, principios, ideales, ideas, tótems y tabúes existentes? Si alguien supiera lo que significa interpretar el enigma de eso que hoy se llama una «raja» o un «agujero», si alguien tuviese la menor sensación de misterio en relación con los fenómenos calificados de «obscenos», este mundo se rajaría en pedazos. El obsceno horror, el aspecto aburrido, agotado de las cosas es lo que hace que esta civilización loca parezca un cráter. Ese profundo abismo, ese bostezo de la nada, es el que los espíritus creativos y las madres de la raza llevan entre las piernas. Cuando un espíritu ávido y desesperado aparece y hace chillar a los conejos de Indias, es porque sabe dónde poner el cable cargado del sexo, porque sabe que bajo la dura concha de la indiferencia se oculta la fea cuchillada, la herida que nunca cicatriza. Y pone el cable cargado justo entre las piernas; golpea bajo la cintura, hiere en las entrañas mismas. De nada sirve ponerse guantes de goma; todo lo que puede manipularse fría e intelectualmente pertenece a la concha y un hombre que está empeñado en crear siempre se mete por debajo, hacia la herida abierta, hacia el obsceno horror infecto. Conecta su dinamo a las partes más sensibles; aunque sólo brote sangre y pus, ya es algo. El cráter seco, agotado, es obsceno. Más obscena que nada es la inercia. Más blasfema que el juramento más horrible es la parálisis. Si sólo queda una herida profunda, debe manar, aunque sólo produzca sapos y murciélagos y homúnculos.

Todo va contenido en un segundo, que es consumado o no consumado. La tierra no es una meseta árida de salud y comodidad, sino una gran hembra tumbada con torso de terciopelo que se hincha y se eleva con las alas del océano; se retuerce bajo una diadema de sudor y angustia. Desnuda y sexuada, se balancea entre las nubes a la luz violeta de las estrellas. Toda ella, desde sus generosos senos hasta sus centelleantes muslos, arde con pasión furiosa. Se mueve entre las estaciones y los años con gran alboroto que se apodera del torso con furia paroxística, que sacude las telarañas del cielo; se hunde en sus órbitas pivotantes con temblores volcánicos. A veces es como una cierva, una cierva que ha caído en una trampa y que espera con el corazón palpitante que estallen los címbalos y ladren los perros. Amor y odio, desesperación, piedad, rabia, hastío: ¿qué son entre las fornicaciones de los planetas? ¿Qué es la guerra, la enfermedad, la crueldad, cuando la noche presenta el éxtasis de las miríadas de soles resplandecientes? ¿Qué es esta paja que masticamos en nuestro sueño, sino la reminiscencia de espirales de colmillos y de constelaciones de estrellas?

Mona solía decirme, en sus arranques de exaltación: «Eres un gran ser humano», y aunque me dejó aquí agonizando, aunque puso bajo mis pies un gran abismo terrible de vacío, las palabras que se encuentran en el fondo de mi alma, brotan afuera e iluminan las sombras debajo de mí. Soy uno que se perdió entre la multitud, a quien las luces chisporroteantes aturdieron, un cero a la izquierda que vio todo lo que le rodeaba reducido a objeto de burla. Pasaron junto a mí hombres y mujeres inflamados con azufre, porteros con librea de calcio abriendo las mandíbulas del infierno, la fama caminando con muletas, empequeñecida por los rascacielos, masticada y reducida a jirones por la boca cubierta de púas de las máquinas. Caminé entre los altos edificios hacia el frescor del río y vi las luces elevarse como cohetes entre las costillas de los esqueletos. Si yo era verdaderamente un gran ser humano, como ella decía, en ese caso, ¿qué significaba esa idiotez babeante que me rodeaba? Era un hombre con cuerpo y alma, tenía un corazón que no estaba protegido por una bóveda de acero. Tenía momentos de éxtasis y cantaba con chispas ardientes. Cantaba al Ecuador, a sus piernas de plumas rojas y a las islas que se perdían de vista. Pero nadie oía. Una bala de cañón disparada a través del Pacífico cae en el espacio porque la tierra es redonda y las palomas vuelan patas arriba. La vi mirarme a través de la mesa con ojos apesadumbrados; la pena, extendiéndose hacia dentro, se aplastaba la nariz contra su espina dorsal, la médula batida hasta la piedad se había vuelto líquida. Era tan ligera como un cadáver flotando en el mar Muerto. Los dedos le sangraban de angustia y la sangre se convertía en baba. Con el húmedo amanecer llegó el repique de campanas y por las fibras de mis nervios las campanas tocaban sin cesar y sus badajos me martilleaban en el corazón y retumbaban con férrea malicia. Era extraño que las campanas repicaran así, pero más extraño todavía el cuerpo que revienta, esa mujer convertida en noche y sus palabras como gusanos royendo el colchón. Seguí adelante bajo el Ecuador, oí la espantosa risa de la hiena de mandíbulas verdes, vi el chacal de cola sedosa y dig-dig y el leopardo moteado, todos olvidados en el Jardín del Edén. Y entonces su pena se dilató, como la proa de un acorazado y el peso de su hundimiento me inundó los oídos. Aluvión de légamo y zafiros deslizándose, vertiéndose, por las neuronas alegres, y el espectro empalmado y las bordas sumergiéndose. Oí girar las cureñas con la suavidad de una pata de león, las vi vomitar y babear: el firmamento se hundió y las estrellas se volvieron negras. El negro océano sangrando y las meditabundas estrellas engendrando pedazos de carne fresca e hinchada, mientras por encima revoloteaban los pájaros y del alucinado cielo caía la balanza con mortero y pistadero y los ojos vendados de la justicia. Todo lo que aquí se cuenta se mueve con pies imaginarios por los paralelos de globos muertos: todo lo que se ve con las cuencas vacías se abre como hierba en flor. De la nada surge el signo del infinito; bajo las espirales eternamente ascendentes se hunde lentamente el agujero profundo. La tierra y el agua asociados -hacen versos, un poema escrito con carne y más fuerte que el acero o el granito. A través de la noche infinita, la tierra gira hacia una creación desconocida… ”

(pp.118-120): http://es.scribd.com/doc/48236442/Henry-Miller-Tropico-de-Cancer

El artista necesita sentirse solo

Walt Whitman es un comienzo

¡Soy inhumano!